jueves, enero 19, 2006

Marcada por la marca

Advertencia: esta entrada habla de moda. Supondrá las delicias femeninas. No en cambio la de mi lectorado masculino. Les pido entonces que vuelvan a su hipervínculo anterior y continúen leyendo el resumen deportivo de la jornada y/o su habitual página pornográfica.

Decidida a materializar alguno de los privilegios de vivir en Europa decidí empezar por el más superfluo.
Alcancé mi linda billetera de cuero argento y salí a degustar los escaparates de las grandes marcas que la escriba de Valeria Mazza suele nombrar en su columna de la revista Viva.
Mientras caminaba, agregaba a mi lista mental todos los perfumes y cosméticos que ahora sí me compraría.
Próximamente, el tacho de mi baño estaría desbordado de productos de "Todo Moda". Incluso, en un arrebato de valentía, me había decidido a deshacerme de mis joyas más preciadas: una crema Coty bronceadora, mi lápiz labial de Natura y la versión local "homenaje" de un Anais Anais.
Al doblar la esquina me topé con Benetton. ¿Se acuerdan de Benetton?. Era esa marca desbordante de italianidad, con colores coloridos y precios comparablemente caros para quienes teníamos un bolsillo Hering. Bueno, resulta que sigue igualmente cara aunque sin capacidad comparativa, pues acá de Brasil, sólo conocen a Paulo Cohelo.
Seguí la ruta de las vidrieras italianas y posé toda mi ilusión en Dolce & Gabanna. Con mi espíritu campestre, atiné a sacar una foto sólo para demostrarle a mis paisanos que la marca verdaderamente existía, incluso con negocios que la venden. (Ahora no quiero que alguna argentina superada me venga a dejar un mensajito avispándome con el siguiente comentario: Pero sí hay un Dolce & Gabanna, está en el último piso, al lado de la salida de emergencia del Patio Burlich, ahí compramos siempre con mamá los regalos navideños!).
La misma sensación experimenté en el negocio de al lado mientras deletreaba la etiqueta de una campera de jean R-o-b-e-r-t-o- C-a-v-a-l-l-i.
Lo cierto es que mi poco mundo circundante me había hablado alguna vez del prometedor corte de jean de D&G. Enseguida fui a por ellos. Pero antes de meter la pierna en uno, probé el bolsillo. Definitivamente no me sentaba. Era talle 300.
Con mi asombro, mi cordura y mi Bachino talle $35 a cuestas, decidimos alejarnos de la locura.
Paré en Lacoste y me convencí de que ahora sí me aprovecharía del cambio. Con un entusiasta razonamiento lógico, esperé que la variedad de colores puestas al servicio de una camisa costara el equivalente a los $150 que me impedían su uso en Buenos Aires.
Entusiasmada, junté alrededor de 35 euros sólo para comprobar que saldría de aquel negocio con un lindo par de medias. Cocodrilo mata billetera.
Un último intento -me dije- y practiqué la altura y elegancia protocolar que alguna vez me sirvió para saludar al intendente de Morón y entré decidida a llevarme un cuadrillé de Burberry como sea: en una cartera, bufanda o pañuelo.
Finalmente me lo llevé en forma de folleto, con fotitos bien ilustrativas de todo lo que no puedo comprar.
Abatida, me encerré en mi cuarto sólo para contemplar mi armario y entender que no hay caso:
el que nace en Morón, muere en Miel y Limón.

4 comentarios:

  1. Dios Santo, no se si reirme o llorar.

    Te pasaste, puerca.

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  2. blasfemias! moron city tenia su benetton

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  3. Anónimo2:28 a. m.

    si sos cabeza moriras en miel y limon sino nooooo yo vivo en moron hace mucho mas que tooos y jamas pise ni pisare nada de cacho cioffi

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